jueves, 29 de noviembre de 2007

Transbabel:prácticas disciplinarias en la era del consumo

por Luis Camargo

"Y al ver Yahveh el orgullo de esos hombres, les confundió su lenguaje,
de modo que cada cual no entendiese el de su prójimo" (Génesis 11, 1-9).

Allegro
Situemos un par de pilares dónde asentar el escrito, advirtiendo que su arquitectura estará dada por la babelización de los discursos disciplinarios. Utilizaremos, por comodidad expositiva, un esquema, el lacaniano del discurso amo, pero sólo para evocar lazos y no correspondencias unívocas, que estarían entonces violentadas. Veamos.
Consumo Mitologías contemporáneas
Riesgo Disciplinas
Arriba a la izquierda, en el lugar del agente y de los significantes amos, una lógica, la del consumo. A su derecha, en el lugar del Otro y del saber, ficciones, las mitologías contemporáneas. Abajo a la derecha, en la producción (pero también en el lugar del goce), las prácticas disciplinarias, particularmente las que nos interesan, esto es, las que atienden el padecimiento humano; en el lugar del sujeto y la verdad, el concepto de riesgo, su dimensión social, subjetiva, pero también ética, si ella cabe.
Trataremos pues, de precisar cómo y de qué manera, las disciplinas (y sus relaciones: inter, multi, trans… veremos) que abordan al sujeto sufriente, en los límites que establece el paradigma consumo/mercado, y sustentadas en ciertas mitologías contemporáneas que les otorgan el ropaje preciso a su semblante de saber, asisten a –y configuran- una subjetividad que les pide, les demanda, les exigen suturar el riesgo y la incertidumbre de habitar un cuerpo ofrecido al lenguaje y a la vida sociolibidinal. Operación que, de un modo paradojal, puede implicar ocasionalmente, tanto el “consumo de la (inter)disciplina” (leído en su equivocidad) como la “consumación del sujeto”.


Adagio (andante)
Despleguemos cada uno de los términos que componen nuestro cuatrípodo.
Consumo. Ya nadie puede negar la impronta crucial del consumo en cualquier tipo de representación urbana, ya por definir grupos humanos que lo habitan (como a la caverna de Saramago[1]) o que son segregados por él, ya por responder al sentido posesivo del término (sobre el que se sustenta una “cultura” o mejor, un “culto” del consumo), o al sentido destructivo, de agotamiento o enajenación del mismo (ya señalado en los años 30 por W. Benjamin), y que hace al revés del guante del consumismo.
¿Qué lógica se ordena con los significantes del consumo? Lewkowicz señaló que el nuevo soporte subjetivo del antiguo Estado-nación es ahora el “consumidor”, figura que reemplaza a la vieja categoría de “ciudadano”. Dice el historiador[2]: “la relación social no se establece entre ciudadanos que comparten una historia, sino entre consumidores que intercambian productos”. Va de suyo así, que si el consumidor deviene soberano, la ley que rija el intercambio social, será la ley del consumo, la preeminencia en lo social de la macdonalización de las relaciones urbanas, con dos rasgos a destacarse que la cadena alimentaria yanqui ilustra muy bien, como lo señala Eduardo Galeano[3]: “La universalización del McDonald´s en el mundo de fin de siglo implica una violación de los derechos humanos doble: una violación cultural porque se niega el derecho de autodeterminación de la cocina, que es una de las expresiones de la diversidad cultural del mundo.... Y, además, McDonald´s comete un atentado sindical, porque prohíbe que sus empleados se agremien, queriendo dar por tierra así con dos siglos de luchas obreras y conquistas”. Homogenización (podríamos decir nosotros, del goce) y claudicación de los derechos clásicos de las sociedades industriales. La socialización ya no se funda en la producción de mercancías y en la clase obrera (aunque sea en su explotación), sino en los llamados “servicios”, profesionales y técnicos, puestos, claro está al “servicio” del consumo.
Abreviando: el vacilar del “paradigma Estado” da lugar a otro, que puede darse en llamar “paradigma mercado”, el cual instituye a su vez la condición de un pensamiento de época, el pensamiento mercado o la macdonalización del pensamiento, que constituye a su vez, una nueva subjetividad, la del consumidor. El nuevo paradigma del pensamiento, el consumo-mercado, con sus depuradas técnicas y estrategias de seducción designa al modelo general del vivir (esto es, antes que nada, del desear y gozar) de las “urbes” contemporáneas.

Mitologías contemporáneas. Se trata, a mi gusto, de dos ficciones. Una, la expuesta en este volumen por Juan Dobón, en el artículo La Cultura del Riesgo, como el «mito del Hombre Global», ideologema conformado por cuatro elementos básicos: el pensamiento-mercado, la tecnociencia, su subjetividad, y el objeto técnico, que provee la tecnología. Este mito contemporáneo es pensado en permanente tensión con el mito freudiano del Edipo (que articula el deseo y la ley)[4]. La otra ficción, la ficción del abordaje total, el «mito del sujeto pluriasistido».
¿Que atributos porta la primer ficción, la del “Hombre (o Mujer) Global”? Los de la performance, los de la eficacia y eficiencia, los del ego-building (Lipovetsky), los de la eterna juventud corporal, los de la transexualidad (en tanto se juega la indiferenciación sexual: “todos somos simbólicamente transexuales”, Baudrillard dixit), los de la informatización y los de la virtualidad (que delinean al Hombre Telemático, el de la relación hombre/cosa u hombre/máquina, que suplanta al de la otrora hombre/hombre), los de la fluidez de la culpa y la responsabilidad (atributos más propios de la modernidad), los del hedonismo, los de la “unomismidad” (si se me permite el neologismo) mezclados con buenas dosis de desapego respecto al otro[5]... podríamos seguir la lista. Atributos, claro está, del ideologema del hombre global que queda del lado del plus del proceso de personalización de la sociedad de consumo: del lado del minus, la contracara del hombre global, los desclasados, los segregados, los marginados, cuyas vidas se regulan exclusivamente por la lógica de la subsistencia, alimentándose con los desechos de aquel consumo urbano. En los dos casos, incidencia patética (resuene, por favor, el páthos de raíz) del exceso. Como se nota, se trata también de ideales (una ficción es eso), pero reabsorbidos en la cientificidad, que los trastoca en imperativos.
Acompañando esta ficción del hombre global, otra que le es correlativa: “el sujeto pluriasistido”. Este mito es el heredero de la moderna y cartesiana concepción del sujeto en tanto determinado bio-psico-socialmente[6], como resultado de una multiplicidad de factores operando en su tiempo cero, inasible en última instancia, pero que le otorgan un plan de consistencia (Deleuze) al sujeto, aunque no tengan sus componentes (lo bio, lo psico, lo socio) jerarquías equivalentes y/o inmóviles, como lo demuestra el privilegio del actual paradigma neurobiologista. “Pluriasistido” significa en realidad, y este contexto, pluridad de ofertas para asistir cada porción del sujeto, hasta que logre la ilusión de armar su propio bricolage de sí, ya lo mueva un padecer (orgánico o psicológico), una estética corporal, o cualquier estrategia del vacío. Pero “pluriasistido” es también el nombre de otras ficciones, las que en general asisten a la contracara del hombre global, los del exceso en menos de la sociedad de consumo, que son las ficciones “re”: resocialización, readaptación, reeducación, etc.. Esas ficciones se sostienen siempre en dispositivos básicamente dispuestos para atender a los que de un modo u otro quedan al margen de la ley, sea la legal, sea la moral, sea la social[7].

Disciplinas. Luego de los análisis de Michel Foucault, ya nadie puede sostener la inocencia de las finalidades objetivas (o teleológicas) de la serie de dispositivos, prácticas, técnicas, saberes, discursos y enunciados que constituyen las prácticas disciplinarias modernas, y desconocer el ensamblaje de cualquiera de éstas con los sistemas de comunicación y de poder, para conformar las por él llamadas “tecnologías del yo”, que, insertas en las redes del bio-poder, permiten localizar una subjetividad que resulta así producida por esos entramados de técnicas, procedimientos disciplinarios y dispositivos de poder. Pero todo el análisis de Foucault presupone para las “sociedades disciplinarias” el funcionamiento del paradigma Estado. Si este vacila, si a este lo suplanta el paradigma mercado, entonces, ¿dónde situar las disciplinas en el fin de las sociedades disciplinarias? A esbozar alguna respuesta a esta cuestión, se dirigen estas líneas. Antes, repasemos algunos prefijos que han caracterizado a las relaciones de las disciplinas entre sí, en síncopa con la mencionada concepción del sujeto como bio-psico-socialmente determinado, cómo cada disciplina, en la Babel de las ciencias se las ha arreglado para superar el maleficio de Yahveh, y dialogar con su vecina.
Se sabe, son éstos, tiempos del “especialista”, tiempos del “experto”. El campo del saber de cada disciplina (palabra que significa doctrina o ciencia, pero también y a partir del 1250, sumisión a las reglas, poner orden) se halla fragmentado, parcializado, hiperespecializado, y se busca, casi compulsivamente, delimitar la incumbencia de cada porción de las “bio-psico-sociotecnologías”. En este sentido –veremos otro- hay un estallido de lo múltiple en el campo de las disciplinas: hay un carnaval de la multidisciplinaridad. Multiplicidad es también uno de los nombres que habitan la estructura de lo posmoderno –permítaseme el término-, no sólo por referir la inagotable variedad de gadgets que se ofertan al consumo, sino en alusión al estallido de los grandes relatos discursivos (pocos y consistentes) para dar lugar a la heterogeneidad y dispersión de los lenguajes. Dicho de otro modo: babelización de los discursos disciplinarios.
En la Babel de lo multi, las disciplinas hablan -o lo intentan, al menos- entre sí. Tiempo entonces, de la Interdisciplina. Tal diálogo critica per se cualquier criterio de causalidad lineal y atenta contra la posibilidad de fragmentación de los fenómenos a abordar[8]. El “inter” hace referencia al “entre”, a los espacios donde hace aguas el mito de la completud a la que podía aspirar cada disciplina en su bunker, con sus monologismos, sus identidades perceptivas, o el paraíso puro de las verdades objetivas conque el positivismo pinceló el cuadro de las ciencias en la modernidad. Al tiempo de la interdisciplina (y estoy diciendo también, el nuestro, hoy), se le puede suponer un momento: el de la transdisciplina. Una idea y una metáfora de Stolkiner[9]: “A mi gusto, lo transdisciplinario es un momento, un producto siempre puntual de lo interdisciplinario. Quizás sirva una metáfora para explicar esto: la orquesta sinfónica...antes de que el concierto comience, oiremos una polifonía inarmónica. Sin embargo, cuando la sinfonía comienza, es una”. A ver: afinan los violines -acaso en re-, los cellos -acaso en do-, digitan los oboes y los fagots, se estira con pequeños golpecillos de parche el timbal, y en el aire del espectador/oyente resuenan cientos de notas confusas, fraseos intermitentes, escalas átonas: cada músico en su mundo. De repente, el director castiga con su batuta tres veces al atril, dibuja un par de figuras en el espacio con sus brazos, y todo se ordena en una deliciosa sinfonía. Ya no oímos al cello, al violón, a la trompeta, sino por su participación en la ejecución conjunta de la orquesta. En verdad, cada instrumento en sí cede un poco de su existencia (su narcisismo melómano), en pos de la acción grupal, hasta que le toque su turno del solo. En un primer tiempo allegro, rápidamente los violines nos exponen el tema de la sinfonía, y mientras se van agregando las voces de los demás instrumentos al desarrollo, llegamos al segundo movimiento, andante, donde un clima sosegado da aires de divertimento. Al tiempo, el ritmo de la orquesta se hace marcado, con pequeños golpes: un minuetto, a violines en modo menor, anticipa el último movimiento, agitado y febril, el finalle allegro, donde las cuerdas hablan y los vientos les contestan hasta el paroxismo del fin. La sinfonía, el acontecimiento musical y transdisciplinario, se ha producido. Otras referencias a lo transdisciplinario hacen hincapié en el trans como un más allá del marco, que es lo que define estrictamente a cada disciplina, un atravesar los territorios disciplinarios, un tránsito. Sergio Rocchietti lo plantea así[10]: “lo material de la transdisciplina está en nosotros y fundamentalmente forma parte de la Escritura y la Lectura, aspectos decisivos del acontecimiento transdisciplinario, de allí se regresa a la disciplina, pero es un regreso al sitio de lo distinto: Lo distinto: una disciplina horadada”.

Riesgo. Tratase de un concepto vedette para las ciencias sociales contemporáneas; no es solo factible hablar de las “teorías del riesgo” (Beck, 1992; Luhmann, 1992; Ewald, 1996; Beck, Giddens y Lash, 1997; Ramos y Selgas, 1999, etc.), sino de un verdadero logos: la “riesgología”. Se ha hablado de ello en este volumen[11]. En nuestro esquema, ubicamos al riesgo por debajo de la barra del consumo. Entonces, en términos de verdad, puede decirse que es la noción de riesgo la que sostiene la lógica del consumo (del mercado neoliberal, de la globalización, del toyotismo y del macdonalismo); le es consustancial. Hace unos años atrás, -setenta u ochenta-, hubiésemos colocado en ese lado izquierdo del esquema, arriba al capitalismo industrial, al fordismo, al keynesianismo, al Estado (de Bienestar) y abajo, la noción de conflicto, sustentando la verdad de aquellos significantes amos, del mismo modo que el síntoma (expresión princeps del conflicto psíquico, para Freud) sustenta la verdad del inconciente (el discurso amo es también el del inconciente). La “sociedad del conflicto” o la “cuestión social” básicamente implicaban la pugna por el control de los medios de producción, el dominio de la economía, y las relaciones entre clases mediadas por el trabajo. El paradigma neoliberal (globalización financiera, hipertecnologización incontrolable, fluidez y mediatización comunicativa de las interacciones sociales, crisis en las soberanías nacionales: sinónimos) al que asiste Occidente desde los años setenta, no reconoce el conflicto, o como mínimo tiende a invisibilizarlo, y/o disolverlo en otros procesos que eclipsan los antagonismos de lo social, y en su lugar promueven otra construcción sociocultural y simbólica, llamada “sociedad del riesgo”, poniendo el acento en las consecuencias no queridas que acompañan a la idea de progreso en la ciencia, la tecnología, la economía y la política de los tiempos que corren. El riesgo es el nombre del mal necesario (e inevitable) en el desarrollo estructural de las sociedades modernas: el precio a pagar por ellas. Mal que se sinonimiza en términos como incertidumbre, imprevisible, impredecible, catástrofe, temor, terrorismo, virosidad, error, paradoja, daño colateral, efecto secundario, efecto dominó, etcétera. Ya no se trata tanto de cómo se distribuyen los bienes, sino cómo se distribuyen los males. El riesgo es la estrategia discursiva predominante hoy, ubicable allí donde otrora, en las sociedades industriales, ubicábamos al conflicto, vistiendo con ropajes nuevos, acaso viejos malestares en la cultura, para decirlo freudianamente. Se trata de precisar de qué modo la noción de riesgo se traduce en la subjetividad, esto es, pesquisar cómo se cuela en los modos del sufrimiento actual, por un lado, y por otro, cómo y qué consecuencias tiene que las disciplinas aborden al sujeto también desde ese sesgo, el del riesgo.
Por último, qué ética referencia la “sociedad del riesgo”. Dejemos hablar a uno de los mentores del concepto, Ulrich Beck[12]: “El cálculo de los riesgos vincula las ciencias físicas, la ingeniería y las ciencias sociales. Puede aplicarse a fenómenos totalmente dispares, no sólo en la gestión de la salud, sino también a los riesgos económicos, de la vejez, del empleo y del subempleo, de los accidentes de tráfico, de ciertas fases de la vida, etcétera. Además, permite un tipo de «moralización tecnológica» que ya no tiene que aplicar directamente imperativos morales y éticos…. En este sentido, podríamos decir que el cálculo del riesgo ejemplifica un tipo de ética sin moralidad, la ética matemática de la era tecnológica”. Es esa ética matemática, por ej., la que sostiene, en nuestros campos, aquellas compulsiones estadísticas tan frecuentes en las instituciones. Habrá que ver que otra posibilidad ética puede adscribirse allí: habrá que ver si el psicoanálisis puede ser llamado a poner allí otra palabra, diferente.
Minuetto
Es hora de volver al principio: más precisamente al título. ¿Por qué Transbabel? La Modernidad y su proyecto científico ha sido la Torre de Babel de las disciplinas, cada cual especializándose casi al infinito, en busca de aquellas cartesianas ideas claras y distintas, compartimentando el conocimiento en estanques cada vez más sólidos y preferiblemente estables, sin contaminación de lo subjetivo, tal el imperativo de la ciencia positiva. Se trató de disciplinar a las disciplinas. El “orgullo de esos hombres” de la cita bíblica del copete podría bien haber sido el de cada ciencia, cada disciplina para sus adentros. Tiempos de cosmovisiones: para cada ciencia, la grafía del mundo era la misma de sus propios caracteres. Hasta que los paradigmas disciplinarios implotaron, implosión que comienza paradójicamente en las ciencias más duras: geometrías no euclidianas, Teorema de Gödel en las matemáticas, Principio de incertidumbre en la física cuántica, Teoría del Caos y más. La Torre comienza a desmoronarse: nunca lo hará del todo, sin embargo. Transbabel es entonces el tiempo después de la Babel disciplinaria. Tiempo de diálogos interciencias, tiempo de los prefijos de los que hablamos más arriba. Mientras se multiplican las influencias de una disciplina sobre la vecina -e incluso sobre la de barrio lejano-, nace la era de las “alternativas”: medicinas alternativas, psicoterapias alternativas, pedagogías alternativas, y otras alternativas. La sociedad de consumo explicita, con depuradas técnicas de seducción, sus catálogos de disciplinas, sus menús de servicios “a la carta”, de salud (física y mental), educación, y hasta de justicia (dispositivos de resolución alternativa de conflictos: mediación, arbitraje, conciliación, negociación, etc.). En Transbabel, cuando ya no hay más Torre o sólo quedan de ella ruinas, y en su lugar crece un vasto campo sin fronteras, proliferan voces nuevas –alter, otras-, muchas de ellas dialectos, al tiempo que las voces antiguas se ilusionan en un entendimiento renovado, en el perdón de Yahveh. Si Babel era el reino de la diferencia, ¿será Transbabel el reino de la in-diferencia, el reino de lo igualitario, de los múltiples iguales?
Propongo pensar un riesgo para la transdisciplina, en este contexto de Transbabel. En verdad, ha sido entrevisto por Jean Baudrillard hace más de quince años[13]: “La posibilidad de la metáfora se desvanece en todos los campos. Es un aspecto de la transexualidad general que se extiende mucho más allá del sexo, en todas las disciplinas en la medida que pierden su carácter específico y entran en un proceso de confusión y contagio, en un proceso viral de indiferenciación que es el acontecimiento primero de todos nuestros acontecimientos. La economía convertida en transeconomía, la estética convertida en transestética y el sexo convertido en transexual convergen conjuntamente en un proceso transversal y universal en el que ningún discurso podría ser la metáfora del otro, puesto que para que exista metáfora, es preciso que existan unos campos diferenciales y unos objetos distintos. Ahora bien, la contaminación de todas las disciplinas acaba con esa posibilidad. Metonimia total, viral por definición (o por indefinición)”. Se podría decir de estos modos ejemplares, y paradojales: todo es orgánico (preeminencia de los neurotransmisores, genes, moléculas, etc.) pero ya ninguno es indubitablemente terruño de la medicina (podría ser –por qué no- cuestión de técnicas orientales o de terapias cognoscitivo-conductuales); todo es psíquico –infinidad de derivaciones médicas con el diagnóstico “problema emocional”- pero, al mismo tiempo, ya nada es del campo “psi” (mejor, regulemos químicamente los niveles de serotonina); todo es político, pero lo político está en cualquier parte (la ciencia, el arte, el deporte, etc.) menos en la Política; el arte está en tantos lados que nadie sabe ya dónde está el arte, salvo que no en los museos; el deporte: nada menos deportivo que cualquiera de los grandes –en volúmenes de dinero- deportes (los que vemos por TV); los virus infectan menos a los hombres que a las computadoras, y el lenguaje de las computadoras es el más adecuado para entender la comunicación humana, PNLmente hablando. Es en este punto de indeterminación y fluidez[14] dónde más claramente se evidencia la sumisión de la ciencia, la tecnología y particularmente de las disciplinas que abordan al sujeto, a las lógicas del consumo global y del mercado neoliberal que detallamos al principio. En ese fluir hacia la indiferenciación transbabélica de las disciplinas es dónde situamos el “consumo” de las disciplinas en los dos sentidos de su equivocidad: a) sus “agotamientos precoces” (por ejemplo, a cien años de la creación del psicoanálisis, uno de sus debates centrales pasa por su supervivencia o no en el tercer milenio) y/o sus transformaciones, mutaciones, fusiones, hibridaciones, en las que se pierden sus orígenes (“psiconeurolingüistica”, “neuropsicoendocrinología”, y así); y b) el consumo de las disciplinas (y particularmente en las modalidades de inter y multidisciplinas, en virtud de la ficción del abordaje total), como otros de los tantos objetos del mercado, del shopping, en nuestras vidas caracterizadas como paseos de compras: hay sujetos que consumen su salud procurando consumir las ofertas médicas y “psi” de salud.
Es un hecho, que los propios significantes de la ciencia responden a las necesidades de la época. Para cernirnos al campo de la psiquiatría, por ejemplo, que ella diga “no hay más síntomas, hay trastornos”, como proclama de cabo a rabo su DSM-IV (en el DSM-I, año 1952, se trataba de “reacciones”), pues ello responde, en las estrategias discursivas, al pasaje de conflicto a riesgo, que más arriba señalábamos. Ya dijimos, el síntoma, desde Freud, no ha sido sino la expresión princeps del conflicto en la subjetividad (entre las distintas instancias psíquicas, decía él), y su borramiento por la noción de “trastorno”, noción que hace exclusiva referencia a patrones comportamentales (por ende, a estándares, a normas que vienen de afuera), responde a la política del riesgo, a la “moralización tecnológica” (Beck) que tratamos en el apartado correspondiente. Si hiciésemos la genealogía de tantos conceptos psiquiátricos en boga hoy, (panic attack, stress, etc., no sería difícil hallarles a poco de andar la “necesidad científica” del consumo, farmacológico -claro está-, delineando las formas de nominación de sus patologías.
Esto del lado de las ciencias, los saberes, las disciplinas. ¿Y qué del lado del sujeto? Primero: no hay que olvidar que en el discurso amo moderno, cuyo agente es la ciencia, el sujeto (el consumidor) está por debajo suyo en el esquema lacaniano, en el lugar de la verdad, inquietándolo permanentemente al amo científico con sus preguntas (como corresponde al efecto histérico -industrioso- de esa posición), por lo tanto, poniéndolo a trabajar. Esas preguntas del sujeto, tienen que ver, básicamente, con una cosa: su sufrir. El médico trabaja, de últimas, para acallar el sufrimiento: cuando no lo logra, en general, deriva al sujeto hacia las psicoterapias; cuando éstas tampoco lo logran, el sujeto queda a la deriva en el “inter” de las disciplinas[15]. Segundo, entonces, una pregunta: ¿de qué se sufre hoy? No qué es el sufrimiento, sino qué ropajes tiene hoy el sufrimiento. Por que quizás, el cuerpo del sufrimiento varíe poco con las épocas, pero si sus ropajes. Quizás el lei motiv del sufrir sea siempre algo del orden de la impotencia que aqueja al sujeto, un no poder…. (amar, ser amado, trabajar, desear, parecerse, perder, perderse, en fin, infinitas opciones). Del mismo modo, y a la vera de la impotencia, la incertidumbre que caracteriza a las sociedades del riesgo, es el mejor suelo para que crezcan las angustias de los sujetos, que cosecharán luego los profesionales y los técnicos del mercado. Así, para Bauman las sociedades de consumo deben, no sólo crear, sino cuidar bien las angustias que les son funcionales[16]: “La angustia que genera la incertidumbre es el fertilizante del que se nutre la sociedad individualizada para sus propósitos consumistas; por lo tanto, es necesario cuidar bien de ella, y no dejar bajo ningún punto de vista que se seque o se evapore. La mayor parte de las veces, la producción de consumidores implica la producción de temores «nuevos y mejorados»”. “Nuevos y mejorados” es el horizonte de todo producto del mercado, y los consumidores saben cuando adquieren cualquiera de ellos (una PC, una cámara fotográfica), que pronto serán antiguos y obsoletos. Siempre habrá, del mismo modo, en el catálogo de las disciplinas una nueva y mejorada que asista al sufrimiento del sujeto, pues “los peligros creados artificialmente...tienen una clara ventaja sobre los peligros naturales, dado que permiten crear los temores a la medida de las curas disponibles, y no al revés”[17]. Aquel no poder de la impotencia y esta angustia de la incertidumbre, se hallan caracterizados hoy, por el mito del Hombre Global en su yerro, en sus fallos. Y es el modo singular como cada quien encarna ese mito y su herida (en la que supura el sufrir y la angustia) lo que va a ofrecerse eventualmente a las disciplinas para ser mirado, escuchado, en el mejor de los casos, manipulado, en el peor (piénsese, por ejemplo, en algunas de las técnicas de reproducción asistida, o en algunas de la medicina estética). El sujeto es hoy más que nunca dependiente de las tecnologías y de las técnicas, y se aliena con facilidad a los significantes de la ciencia, en una dominación éxtima (J.A. Miller), pues opera en lo más íntimo de la subjetividad. He ahí el “riesgo” mayor, el de la objetivación extrema del sujeto, vale decir, su determinación absoluta, al punto de su consumación, su desaparición. Porque con las banderas del riesgo y la incertidumbre, algunas disciplinas que asisten al sujeto en su padecer, van minando todo vestigio de elección de su parte (que no tenga que ver con el consumo, claro), y van rellenando las hiancias de su existencia con los objetos técnicos y las soluciones prèt a porter, al tiempo que tienden a desresponsabilizarlo, incluso a nivel del compromiso con el padecer que denuncia en sus mismos dispositivos. Y en ello va la consumación del sujeto.
A contrapelo, el psicoanálisis aporta otra respuesta posible al sufrimiento, a partir de otra concepción ética (quisiera encontrar un término menos bastardeado, pero..), que se sustenta básicamente en la diferencia: trátase de la ética de la diferencia, que ha sido expuesta por Juan Dobón en el prólogo a una obra nuestra como una ética del riesgo diferente[18], en tanto pone en juego una dimensión de la incertidumbre que no es pasible de responderse a priori y que abre a la pregunta del sujeto por su actuar, por las decisiones de su existencia, por su deseo, por las consecuencias de todo ello. Es una ética que se orienta, se dirige, al nivel subjetivo de responsabilidad que se halla implicado en el propio sufrir del sujeto, más allá y a pesar de cualquier determinación (del Otro) que pese sobre el sujeto, que no lo exculpa.

Finalle (allegro)
Es preciso decir, para concluir:
Transbabel no es la nostalgia de Babel, pero tampoco el sueño realizado de una lengua disciplinaria universal, que recubra la totalidad del experienciar humano. Es preciso dejar escuchar la poli-fonía de la sinfonía transbabélica, para que algo de la enunciación reverbere en cada encuentro.
¿Se puede vivir en Transbabel? No, es necesariamente lugar de paso, una Encrucijada, sitio de preguntas, cruce de caminos que invita, tanto a la reflexión como a la elección. Hay quienes visitan Transbabel y vuelven a sus comarcas con sus ojos y oídos ampliados, y con su boca más prudente; hay los que la visitan y ya no encuentran el camino de vuelta: se los ve vociferando por ahí, vocablos ininteligibles.
En Transbabel, la bulimia es virósica, infecta a muchos: se consumen saberes y se vomitan nuevas disciplinas, que otros irán, a su vez, a consumir. Ese es el riesgo. Se sabe, además, que a la bulimia le sigue la anorexia, una de cuyas formas es la peor: la mental. Ahí ya no se piensa: se vive a (en) la deriva(ción).
El mito de la “pluriasistencia” menta a dicha bulimia. Cuando a la derivación no la asiste la pregunta por la acción ética del que deriva, se halla muy cerca de los totalitarismos, de los imperialismos, de un signo o del otro. Dicho por Eduardo Galeano: “La dictadura de la sociedad de consumo ejerce un totalitarismo simétrico al de su hermana gemela, la dictadura de la organización desigual del mundo. Las órdenes de consumo, obligatorias para todos pero imposibles para la mayoría, se traducen en invitaciones al delito”[19]. A unos se los “pluriasiste” desde el shopping (allí se vende también salud, estética y todo lo que el individuo necesita para “autoperformarse”). A los otros se los “pluriasiste” desde las (todavía) instituciones de control (cárceles, manicomios, establecimientos minoriles, etc.). El riesgo es siempre el desliz del profesional hacia el tecnócrata.[20]
Por eso, la ética que propone el psicoanálisis es una ética anti-imperialista: procura socavar el Imperio del “Todos lo Mismo”, que es una de las consignas de esa dictadura del consumo. Procura establecer una diferencia allí dónde sólo habita la segregación, que es siempre del diferente, del que no goza (por no querer o no poder) como se prescribe.
Ante la in-diferencia, propone la diferencia. Esa diferencia se llama sujeto. Esa diferencia se llama deseo.
En las sociedades caracterizadas por el riesgo, cualquier ética de la diferencia (no sólo el psicoanálisis la promueve) no es sólo conveniente, sino absolutamente exigible.

Bibliografía

Baudrillard, J., La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos, Anagrama, Barcelona, 1991
Bauman Zygmunt, La sociedad sitiada, Fondo de Cultura Económica, Bs.As., 2004
Beck, U., La sociedad del riesgo global, SXXI Editores, Madrid, 2002
Camargo, L., Encrucijadas del campo psi-jurídico- Diálogos entre el Derecho y el Psicoanálisis, Ed. Letra Viva, Bs. As., 2005
Foucault, M., Microfísica del poder, La piqueta, Madrid, 1978
Foucault, M., Vigilar y castigar, SXXI, Bs.As., 2002
Lacan, J., Seminario 17, El reverso del psicoanálisis, Paidós, Bs. As., 1992
Lewkowicz, I., Pensar sin Estado, La subjetividad en la era de la fluidez, Paidós, 2004
Lipovetsky, G., El crepúsculo del deber –La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona, 1994
Lipovetsky, G., La era del vacío –Ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona, 1986
Lyotard, J.-Fr., La condición postmoderna, Ed. R.E.I. Argentina, Bs. As., 1995
Rocchietti, S., “¿Transdisciplina?”, revista electrónica “Con-versiones”, oct/2005
Stolkiner, A., La interdisciplina: entre la epistemología y las prácticas, revista electrónica “El Campo Psi”, 1999

* Trabajo publicado en “La cultura del riesgo: derecho, filosofía y psicoanálisis”, Juan Dobón e Iñaki Rivera Beiras (compiladores), Editores del Puerto, Bs. As., 2006
[1] Saramago, J., La caverna, Alfaguara, 2000.
[2] Lewkowicz, I., Pensar sin Estado, La subjetividad en la era de la fluidez, Paidós, 2004, p.34.
[3] Entrevista realizada a Eduardo Galeano por Carlos Aznárez, publicada en Periódico “Resumen Latinoamericano”, año 1999.
[4] Mito éste, el de Edipo, que a su vez hay que leer en síncopa con el de Tótem y Tabú, con el que Freud enseña que se trata del Padre en tanto muerto: “Tal es el mito que Freud propone al hombre moderno, en la medida que el hombre moderno es aquel para quien Dios ha muerto”. Lacan, J., El triunfo de la religión, Paidós, Bs. As., 2005, p.37.
[5] “Fin de la cultura sentimental, fin del happy end, fin del melodrama y nacimiento de una cultura cool en la que cada cual vive en un bunker de indiferencia, a salvo de sus pasiones y de las de los otros”. Lipoyetsky, G., La era del vacío, Anagrama, Barcelona, 1986, p.77.
[6] Tanto el individuo como la sociedad se concebían hasta los años ´50 con el modelo del “organismo vivo”. Con el final de 2ª guerra mundial y hacia el tercer milenio, es la cibernética la que aportará el modelo teórico e incluso material a un sinfín de cuestiones. La genética, por ejemplo, debe su paradigma a la cibernética. Ver J.-F. Lyotard, La condición postmoderna, Ed. R.E.I. Argentina, Bs. As., 1995.
[7] Ver al respecto Dobón, J.-Rivera, I. (comp.), “Secuestros institucionales y derechos humanos”, M.J. Bosch, Barcelona, 1996.
[8] Stolkiner, A., La interdisciplina: entre la epistemología y las prácticas, revista electrónica “El Campo Psi”
[9] Op. Cit.
[10] Rocchietti, S., “¿Transdisciplina?”, revista electrónica “Con-versiones”, oct/2005.
[11] Particularmente interesante es la ponencia del Dr. Raúl Zaffaroni, al ubicar en la cultura, la dimensión del “derecho penal del enemigo”, traducción jurídico-social de las formas represivas de las sociedades del riesgo.
[12] Beck, U., La sociedad del riesgo global, SXXI Editores, Madrid, 2002, p.80.
[13] Baudrillard, J., La transparencia del mal. Ensayo sobre los fenómenos extremos, Anagrama, Barcelona, 1991, p.13.
[14] La fluidez puede ser simplemente, la transpolación acrítica de las técnicas: ¿por qué aquello que sería bueno para tratar un cáncer de riñón, sería bueno también para tratar una psicosis, para dar un ejemplo extremo por el absurdo?
[15] Ver Camargo, L., Consumir la interdisciplina, Publicación de Fundación Prosam, La plasticidad en los procesos terapéuticos, Prosam, Bs. As., 2005. Allí trabajamos puntualmente el tema del consumo de prácticas “psi” en el marco de las medicinas pre-pagas y obras sociales.
[16] Bauman, Z., La sociedad sitiada, Fondo de Cultura Económica, Bs. As., 2004, p.243.
[17] op. cit., p.244.
[18] Dobón, J., Unas notas en la encrucijada del campo psi-jurídico; ética y riesgos, en Encrucijadas del campo psi-jurídico- Diálogos entre el Derecho y el Psicoanálisis, Luis Camargo, Ed.Letra Viva, Bs. As., 2005, p.19 y siguientes.
[19] Galeano, E., Patas arriba –La escuela del mundo al revés, Catálogos, Bs. As., 1998.
[20] Así define Zaffaroni al hacer tecnócrata: "… el tecnócrata tiene como regla obtener la mayor renta en el menor tiempo; si se sale de esa regla, el tecnócrata pierde su capital, que va a parar a otro tecnócrata". Zaffaroni, R., La cultura del riesgo, en este volumen.

No hay comentarios: